Historias eróticas de un taxista

Algún tiempo después de estar retirado como taxista, he comenzado  la dura  tarea de escribir y recopilar esas historias increíbles que de algún modo lo marcan a uno en este oficio. Varias y variadas son las experiencias para contar, como por ejemplo la que les traigo a relatar para el día de hoy; una conversación muy amena con una trabajadora sexual a la que le hice una carrera a un prostíbulo ubicado en una zona muy conocida por los parroquianos en el Callao.

Muchos dicen que el trabajo más antiguo es el de la prostitución, desde los tiempos de Jesús,  existen mujeres que venden su cuerpo como forma de obtener dinero y poder responder por un hogar. Una noche de trabajo rutinario como todos los días, a mi taxi se subió una trabajadora sexual en una fría noche Lima para que la llevara a su sitio de trabajo en el callao. Era imposible no aprovechar esa carrera, no solo porque el costo de la carrera desde el sitio que me tomo hasta su lugar de llegada es bastante caro, además también tenía mucha curiosidad de saber cómo es el diario vivir de una mujer que se dedica a esto.

La meretriz que tomo mi servicio como taxista, se hizo en un barrio popular del distrito de comas,  tengo que confesar que su belleza me llamó mucho la atención cuando detuve mi carro y abrió la puerta para  ingresar al vehículo. Vestía un abrigo largo, maquillaje fuerte, ojos cafés intensos, labios carnosos, estatura alta y curvas voluptuosas que le quitarían el aliento a cualquier hombre. Mientras ella me indicaba el destino, masticaba chicle de manera sexy y provocadora. Al principio fue difícil romper el hielo porque no quería que pensara que le estaba coqueteando, debe ser muy cansado para ellas que siempre las vean como chicas fáciles o disponibles.

Cuando de pronto me dirigió la palabra con mucha soltura, y me dijo:

-Me parece que usted está pensando algo, yo soy lo que usted está pensando, soy una prostituta ¿yo te gusto?

Pronto sentí que me sonrojé, ya era demasiado incómodo el comentario pero le respondí diciendo:

-Tu  belleza me llama la atención, muy independientemente del trabajo al que se dedique.

-Es lo más caballeroso que me han dicho desde hace mucho tiempo, pero eso no le quita la mirada de deseo que se le nota a leguas. Me respondió.

– ¿Por qué insiste en que la trate como la tratan todos? Yo tengo una hermana, esposa, mamá y tú mereces respeto como todas ellas por el hecho de ser mujer. ¿Usted también es madre?, le pregunte

-Tengo treinta y dos años, estoy dedicada a este oficio desde los veinte años y con un hijo de padre desconocido de 4 años que es todo en mi vida. Me respondió.

En ese momento sentí que bajó la guardia y que declinaba su intención de ser la que llevaba la rienda de nuestra conversación, de pronto creo yo, por el ambiente hostil en el que se desenvolvía, se mantenía siempre con esa actitud de “alerta” como instinto de supervivencia. Luego respondí con una pregunta que me hacía desde hace tiempo con ese tipo de personas:

-¿dígame si lo suyo es sólo necesidad o hay por ahí algún tipo de gusto o comodidad por lo que hace?

-Durante el  principio fue necesidad pero debo confesar que a estas alturas de mi vida esta prostituta, me permite llevar una vida más o menos holgada, porque estoy en una posición en donde no paso necesidades ni tengo que meterme en un antro de barrio a pagar arriendo. Mi hijo está en un buen colegio, estoy pagando mi departamento y tengo carro pero no lo llevo porque casi siempre en esta actividad hay que tomar trago y hacerle consumir al cliente.

– ¿Y tu hijo sabe a qué te dedicas? Le pregunte.

-No mi hijito, ¿usted es periodista o taxista? Deje tanta pregunta, más bien déjeme bajar la ventana y prender un cigarrillo, ya me puso nerviosa. Me respondió.

Buscó en interior de su brillante bolso, se demoró algo más de cinco minutos y de pronto como molesta me dijo:

-Se me acabaron los cigarrillos, ¿será que podemos parar en algún market para comprar un paquete de ellos? Me pidió.

– Yo aquí tengo unos míos pero no sé si la marca que yo fumo le guste. Le dije.

-Muy bien bríndame uno, que igual todos hacen daño. Me dijo.

Durante ese momento me sentí como el taxista de la famosa canción de Ricardo Arjona, porque le pasé el cigarrillo y presuroso le ofrecí fuego con mi encendedor eléctrico instalado en mi carro, pero mis cigarrillos no eran de esos que te dan risa, ya que como decía ella, sí dañan el pulmón. Prendí también uno para mí mientras trataba de esquivar carros en medio de la panamericana norte en donde el tráfico es infernal, el tráfico no fluye con facilidad. Tenía que atravesar los olivos hasta llegar al callao, para después entrar al centro de la ciudad de lima y luego al callao, provincia donde funcionan la mayoría de estos establecimientos. No es un sector agradable sobre todo si se va de noche. En sus calles conviven prostitución, expendio de drogas y delincuencia; ya había decidido en ese momento que dejaría a mi pasajera pero no recogería a nadie más hasta tanto no saliera del callao.

De repente y ya terminando de fumar me preguntó:

-¿Y tú has estado alguna vez con una prostituta? ¡Tiene cara de ser tremendo mañoso! ¿De seguro que tiene otras pasajeras colegas mías?

– Y luego me dice que el de las preguntas soy yo, pero le voy a contestar para que te animes a responderme otras cositas. Cuando uno es joven se deja presionar por los amigos; como a los 17 años estuve en un sitio de estos y digamos que “compré el servicio sexual de una prostituta” pero me decepcioné. Todas las putas son demasiado mecanizadas, obvio que no le pueden meter sentimiento al tema, pero en mi caso fue muy desilusionante, tal vez por mi edad e inexperiencia. Yo digo ahora que tiene uno que estar muy arrecho para tener que pagar por sexo, es mucho mejor que exista algo de sentimiento en este acto, y de pronto por eso no volví jamás a estos lugares.

-Tan lindo que hablas, pareces vendedor o motivador, hasta no pareces taxista.

Con una fuerte carcajada acompañó su respuesta y de inmediato la abordé de nuevo.

-Bueno no se burle, igual conozco casos de muchos parroquianos que se les vuelve un vicio, eventualmente me salen clientes que vienen por estos lugares, afortunadamente para ustedes.

Pero señorita, respóndame lo que le pregunté anteriormente ¿o le incomoda mucho? No tiene que responder si no quiere. Le pregunte.

En ese momento su cara cambió y un poco angustiada me dijo:

-cuando llegue el momento de contarle a mi hijo espero que lo entienda, el tiempo de confesarle la verdad de mi oficio no ha llegado, está muy pequeño y tal vez cuando crezca ya me haya retirado de esta vaina para poner un negocito independiente y poder pagarle la universidad. Pero sí pienso decirle, sólo espero que no me juzgue ni  me vaya a abandonar porque sería muy duro para mí. Me contesto

Sus ojos se le encharcaron y me sentí culpable por lo que decidí cambiarle de tema abruptamente.

– ¿Y en los asuntos corazón cómo anda? Usted podría levantarse al hombre que quiera.

-Yo no le meto corazón a esto porque nadie me va a aceptar así ¿tú lo harías? Sí me ha gustado uno que otro hombre pero no les hablo de mis sentimientos para que no me manden a comer mierda. Ante todo mi dignidad de mujer.

Por fin estábamos llegando a su trabajo y en los últimos minutos de recorrido guardó un profundo silencio mientras su mirada perdida veía como se asomaban unas gotas de lluvia que repicaban en la ventana.

– Llegamos señorita, son treinta soles con lo del recargo nocturno.

-Hijo de puta, no quería ni llegar, por estos días anda como malo el trabajo pero si uno deja de venir la reemplazan rapidito. A estos desgraciados lo que más les importa es que se les venda el trago caro.

-¿Y te reconocen lo del taxi por lo menos?

-Jajajajajajajajaja ojalá, lo del taxi lo cuadro con lo del primer polvo, así que me acordaré de usted.

-Jajajajaja, que bien, qué honor, en todo caso fue un placer “no sexual” poder traerla a su trabajo; siempre quise charlar con alguien como usted en un escenario diferente al que normalmente se presentaría.

-Gracias papi, usted me hizo ameno el trayecto y hasta me puso a pensar en mi retiro. Se ganó un beso en la mejilla y tranquilo que no se lo voy a cobrar. No se preocupe, que estoy recién bañadita y siéntase halagado porque yo no les doy besos a mis clientes.

Me besó en el cachete, se bajó y se perdió entrando por una puerta adornada por luces de neón mientras saludaba al portero del lugar. Me quedé mirando un rato el sitio y entre tanto todo tipo de clientes empezaban a llegar; aunque suene irónico deseé que esa noche a ella le fuera mejor, que a pesar de lo duro de su trabajo tuviera muchos clientes. Quise esperarla en su salida del local pero como es la vida del taxista, termine en otro distrito muy lejos de esas luces de neón y lejos de mi pasajera prostituta.

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